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Agua

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Bea — Sat, 07/17/2010 - 14:55

I.

Oigo la lluvia y el viento azotar contra las ventanas miami, más viejas que mi vida de estudiante (y eso es bastante viejo) y pienso en el calor de hace tan sólo unos días. En ésas estamos desde hace meses, cuando no hace un calor mortal, llueve sin parar. El agua satura el suelo y todo se vuelve más resbaladizo y lento.

Ocurre también que, como buena parte de los que residimos en San Juan, vivo en las cercanías de un cuerpo de agua: el Río Piedras. Ese río desviado de vez en cuando quiere volver a su curso, pues la tierra a su alrededor lo clama. Otra es que cerca de mí está la laguna San José, peligrosamente próxima a una carretera, que nos recuerda cuando llueve como construimos más allá del límite prudente.

Y es que así es también en Santurce, en Isla Verde, en Hato Rey. Tal vez no en el Viejo San Juan, digo, si no se cuenta La Perla. Donde había humedales ahora hay cemento y asfalto y cuando llueve mucho las aguas se niegan a reconocer los límites impuestos artificialmente entre nosotros y la orilla. Ocean Park, Condado, Miramar para la Baldorioty, todo Isla Verde, la península de Canteras, los nuevos y lujosos apartamentos de Hato Rey cerca del caño Martín Peña, todos construidos encima de humedales; construidos sobre lo que era mangle, pantano y playa.

Cuando llueve, el agua de arriba y el agua de abajo se juntan en complot para sabotear las obras “modernas” de nuestra área metropolitana.

II.

Al año de mudarnos a Santa Rita, hace casi cuatro, una construcción en la parte posterior del horroroso Ocho de Blanco y del “Supermercado Doña Ana” resultó en el destape de una avería en una tubería de agua potable. No estoy segura si la tubería fue dañada por la construcción o si la construcción la reveló; ya no estoy segura.

De cualquier manera, en medio de la calle Manila, casi en la esquina con la Avenida Universidad, hay un agujero causado por el agua que se cuela de esa avería del acueducto. Estuve un año y medio llamando a la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados para que vinieran a arreglar el tubo. Primero botaron mi número de querella. Luego, me dieron uno nuevo y estuve llamando por tres meses, cada dos semanas, hasta que por fin vinieron.

Cuando vino el “ingeniero”, le expliqué desde cuándo estaba la tubería botando agua y cómo los vecinos de los dos negocios, cuya construcción destapó el agujero, trataban de cerrarlo con bitumul. Obviamente el agua siempre terminaba socavando el asfalto y volvía a abrir el agujero.

Del centro de la calle se escurría el agua hacia la cuneta izquierda y bajaba en un torrente continuo que ya había formado lama en el cemento.

El “ingeniero” me dio las gracias y procedieron a reparar el tubo. Temí por lo que preveía ser una reparación larga y obstaculizante (la calle es “one way”) y le pregunté al “ingeniero” cuánto tiempo les tomaría.

Me dijo que no me preocupara, que par de horas nada más. Me fui entre extrañada y aliviada a mi casa a darle la buena nueva a mi marido. 

Cuando se fueron y fui a observar el resultado de la labor, me percaté que, si bien el agujero se veía mucho mejor sellado, plano y estable en comparación con los anteriores, todavía veía un hilo de agua que salía del borde de la calle, en la izquierda, y bajaba como escorrentía de agua limpia por donde siempre.

Se lo dije a mi esposo. Me dijo que era la lluvia. Le dije que no había llovido. Me dijo que tal vez era agua que había quedado acumulada. Le dije que ya llevaba dos horas en ésas desde que se habían ido los de AAA.

Mi esposo me miró con esa mirada torcida que me da cuando yo insisto en arreglar imposibles. Y no me dijo nada más.

Ocho meses más tarde, al venir de la panadería cercana con el pan y el desayuno de pastelillitos para los niños, me contó una conversación que había escuchado allí.

Un trabajador de AAA, que según él llevaba 20 años trabajando allí, y que estaba en su “break” (llevaba su uniforme) le contaba al dueño de la panadería como nunca reparaban los tubos averiados. Lo que hacían era taparlos con cemento y asfalto, pero no sellaban la fuga. Dijo que bajo las calles de Santa Rita había tanta agua potable corriendo que con ella se podría bregar con par de meses de sequía.

“No en balde veo agua subir y bajar de los agujeros de la calle”, me dijo mi esposo. Yo lo sabía, le dije, lo sabía. Él me miró con esa mirada de asentimiento y pena que me pone cuando por fin me doy cuenta que no puedo resolverlo todo.

Mientras, la lama de la cuneta es cada vez más ancha y más verde.

II.

Tengo muchos amigos en muchas partes. Digo, también tiene que ver con lo pequeño e incestuoso de este país. A veces me sorprendo de las cosas que averiguo, cosas que no salen en los periódicos y que tal vez no salgan nunca.

Por ejemplo, dentro del mundo del ambientalismo y su oficialidad gubernamental conozco gente. Hace poco esa gente me convidó, confidencialmente, con un pedazo de información que me tiene muy, pero muy consternada.

Resulta que durante esos días en que el Senado estuvo cerrado a periodistas curiosos e imprudentes, y al público averiguao, pasaron una serie de medidas y proyectos que tal vez no sean del agrado de todo el mundo. Entre esos proyectos se encuentra uno que tiene que ver con las condiciones de los balnearios públicos.

Sí, de las playas, pasaron proyectos, que no sé si se aprobaron en ley o no, no pude averiguar tanto, sobre la calidad del agua de las playas. Resulta que para que una playa sea considerada salubre, debe cumplir con un máximo de unidades de colonias de bacterias de coliformes y enterococos. Las unidades de colonias de enterococos y coliformes bajan al agua de mar por las descargas de alcantarilla y de aguas negras.

Sí, ésas son las colonias de bacterias que se encuentran en las aguas negras, en las aguas con caca, con mierda.

Pues, el máximo para que una playa se considere apta para bañistas es de 200 unidades de colonias coliformes y de enterococos por mL. Que ya de por sí es bastante alta. Por ejemplo, en Hawái, el máximo es de 7 unidades de colonias por mL. La diferencia es considerable. Según lo que está corriendo entre la comunidad de científicos que trabajan con la calidad de agua (muchos de los cuales están histéricos con la noticia) es que el máximo lo subieron. Lo subieron porque se estaban colgando las playas; no estaban pasando las pruebas. Así que nuestros queridos legisladores subieron el máximo de 200 colonias por mL cúbico a 200,000.

De 200 a 200,000 subieron el máximo. Según me explicaron cuando ya hay 200,000 unidades de colonias, es considerada el agua como descarga cruda de aguas negras. En otras palabras, que ya estaríamos nadando entre mojones en el agua de las playas.

Yo quiero saber más, si esto es ley, si es sólo proyecto, a quién rayos se le ocurrió. Pero ya mi gente no me quiere decir nada, debe ser porque saben que lo voy a escribir y, cómo es la política y los puestos del gobierno en este país, no se quieren meter en problemas.

III.

Recuerdo muy bien cuando se empezó a vender en masa el agua embotellada. Era una adolescente entonces. Sí había agua embotellada, siempre la ha habido, para aquellos que querían darse el lujo de beber agua “importada” o para aquellos que querían beber agua mineral. Pero a partir de la segunda mitad de la década de los ochenta, a alguien se le ocurrió la brillante idea de vender agua embotellada a las “masas”.

Recuerdo cuánta risa me dio, lo ridículo que me pareció. ¿Para qué la gente iba a pagar por algo que era gratis? El agua, ¿cómo se podía mercadear el agua? Ignorante de mí, adolescente que no entendía bien todavía las tretas del capitalismo neoliberal. Vi como fueron desapareciendo las fuentes de agua pública (no que hubiesen muchas accesibles para empezar) en la ciudad. También vi como, de repente, proliferaron las noticias sobre la mala calidad del agua.

Digo, lo de la mala calidad no era nuevo, mis padres compraban agua embotellada, de las grandotas azules. Pero ahora era algo generalizado, ahora ni en las fuentes se podía confiar. No entendía por qué de repente ya los filtros de agua, como los de mis abuelas, no eran suficientes.

Claro, sí es cierto que el agua la hemos jodido a pasos agigantados en las últimas décadas. Desde el calentamiento global, que amenaza con derretir las reservas de aguas de millones de gentes en el mundo, hasta la contaminación de los acuíferos y ríos aquí y en miles de sitios más.

Por lo menos nuestro bosque kárstico se salvó, que abastece el agua subterránea que a su vez abastece nuestra sed enorme de agua en el norte.

 

 

Esperemos que la tapa que le acaba de poner al maldito pozo de petróleo en el golfo aguante y no siga fluyendo más. Y a rezar para que el daño de tanto petróleo crudo no sea tan catastrófico como sabemos que será.

 

 

 

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Me hizo reír muchísimo tu

MIguel Adrover Lausell (not verified) — Fri, 07/30/2010 - 17:41

Me hizo reír muchísimo tu post. Como maestro de Ciencias Ambientales también me hizo reflexionar. Súper chévere. Espero seguir leyento.

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Bea's picture

Estimado Miguel

Bea — Sat, 07/31/2010 - 16:57

Todo lo escribi llorando.
Pero me alegro que le haya dad gracia y le haya gustado.

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vanessa seijo's picture

Impresionante

vanessa seijo — Sat, 07/17/2010 - 19:37

Me pregunto si la EPA puede meter la cuchara en este asunto de la calidad del agua. Yo pensaba que eran los feds los que tomaban estas decisiones.

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Bea's picture

los estados son los que ponen los estándares

Bea — Sat, 07/17/2010 - 19:52

El de Hawái es el más bajo de la nación. O sea, es el más exigente porque su máximo es el más bajo. Lo hace, supongo, porque entienden que tener las playas limpias es beneficioso para su economía.
Porque allá practican sentido común, aunque sea para eso.

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